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CL LA RESPONSABILIDAD MORAL POR EL CONTENIDO DE LOS SUEÑOS 1925

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EN «La literatura científica sobre los problemas oníricos» expuse la forma en que los distintos autores reaccionan ante el hecho, tan desagradable para ellos, de que el licencioso contenido de los sueños contradiga con tal frecuencia la sensibilidad moral del soñante. (Evito expresamente toda referencia a los sueños «criminales» pues considero del todo superflua esta dominación, que sobrepasa los límites del interés psicológico.) Naturalmente, la índole inmoral de los sueños trajo de nuevo motivo para rechazar la valoración psíquica del sueño, pues si éste fuese un producto sin sentido de la actividad psíquica perturbada quedaría eliminado todo motivo para asumir responsabilidad alguna por su contenido aparente.
Este problema de la responsabilidad por el contenido onírico manifiesto ha sido completamente desplazado y aun eliminado por las revelaciones que ofrece La interpretación de los sueños.
En efecto, sabemos ahora que el contenido manifiesto no es sino un ilusorio artificio, una mera fachada. No vale la pena someterlo a un examen ético ni considerar sus violaciones de la moral más seriamente que las dirigidas contra la lógica matemática. Al hablar del contenido onírico, únicamente es admisible referirse al contenido de los pensamientos preconscientes y al de los deseos reprimidos que la interpretación logra revelar tras la fachada del sueño. No obstante, también esta fachada inmoral tiene un problema que plantearnos, pues ya nos hemos enterado de que las ideas oníricas latentes deben pasar por una severa censura antes de que se les conceda acceso al contenido manifiesto. ¿Cómo es posible, pues, que esta censura, inflexible en general para las más leves transgresiones, fracase tan rotundamente en los sueños manifiestamente inmorales?
No es fácil hallar la respuesta, y en definitiva, ésta quizá no pueda ser del todo satisfactoria. Para empezar será preciso someter estos sueños a la interpretación, comprobándose entonces que algunos de ellos no ofendieron a la censura, simplemente porque en el fondo no contenían nada malo. No son más que bravatas inocentes, identificaciones que pretenden simular una máscara; no fueron censurados porque no decían la verdad. Otros, en cambio -confesémoslo: la inmensa mayoría-, realmente significan lo que pregonan y, sin embargo, no han sido deformados por la censura. Son expresiones de impulsos inmorales, incestuosos y perversos, o deseos homicidas y sádicos. Frente a algunos de esos sueños el soñante reacciona despertándose angustiado; en tal caso, la situación ya no da lugar a dudas. La censura ha dejado de actuar, el peligro fue advertido demasiado tarde y el despliegue de angustia viene a representar el sucedáneo de la deformación omitida.


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