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CXVI J. POPPER-LYNKEUS Y LA TEORÍA ONÍRICA 1923

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SE podría decir muchas cosas interesantes sobre la apariencia de originalidad científica que presentan las ideas nuevas, pues aunque al principio se las considere como descubrimientos, y por lo común también se las combata como tales, la investigación objetiva no tarda en demostrar que en realidad no son novedades. Por lo general ya han sido repetidamente descubiertas y olvidadas luego, muchas veces en épocas alejadas entre sí, o por lo menos han tenido precursoras, fueron presumidas vagamente y formuladas sin perfección. Todo esto es harto conocido y no hay motivo para explicarlo.
Pero también merece ser considerado el cariz subjetivo de la originalidad. Un hombre de ciencia puede preguntarse, en cierto momento, sobre la procedencia de las ideas que le parecen singulares y que aplica a su material de trabajo. Sin reflexionar mucho, advertirá entonces qué ha incitado parte de ese material, qué informaciones ajenas ha recogido, modificado y desarrollado hasta sus consecuencias últimas. Con respecto a otra parte de sus ideas no puede confesar nada semejante, debiendo aceptar que estos pensamientos y puntos de vista han surgido -sin que sepa cómo- en su propia actividad intelectiva; en estas ideas fundamenta su pretensión de originalidad.
La investigación psicológica minuciosa constriñe aún más esta pretensión, revelando fuentes ocultas, hace mucho olvidadas, de las que partió la incitación de la idea aparentemente original, sustituyendo así la creación que se creía nueva por una renovación de lo olvidado, en su aplicación a un nuevo asunto. Nada de todo esto merece ser lamentado, pues no teníamos derecho de esperar que lo «original» fuese algo irreductible, indeterminado. También para mí se ha disipado así la originalidad de muchas ideas nuevas que apliqué en la interpretación de los sueños, que me ha permitido solucionar sus enigmas en la medida en que hasta ahora han sido resueltos. Partí del carácter enigmático, confuso e insensato que presentan tantos sueños, y llegué a la noción de que éstos deben ser así porque en ellos trata de expresarse algo que enfrenta con la resistencia opuesta por otras instancias psíquicas. En el sueño se agitan tendencias secretas que están en contradicción con los principios éticos estéticos, por así decirlo, «oficiales», del soñante; por eso éste se avergüenza de tales tendencias, las rechaza durante el día, nada quiere saber de ellas, y si de noche no puede impedirles toda forma de expresión, les impone por lo menos la deformación onírica, que torna confuso e insensato el contenido del sueño.


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