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CI UNA DIFICULTAD DEL PSICOANÁLISIS 1917 - pág.2

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Que la forma de la enfermedad es determinada por el modo en que el individuo haya recorrido la trayectoria evolutiva de la función sexual o, como nosotros decimos, por las fijaciones que su libido haya experimentado en el curso de evolución. Y que poseemos, en cierta técnica, no muy sencilla, de la influencia psíquica, un medio de explicar y curar, al mismo tiempo, varios grupos de neurosis. Nuestra labor terapéutica alcanza máxima eficacia en una cierta clase de neurosis nacida del conflicto entre los instintos del yo y los instintos sexuales. Sucede, efectivamente en el hombre que las exigencias de los instintos sexuales, que van mucho más allá del individuo, son juzgadas por el yo como un peligro que amenaza su conservación o su propia estimación. Entonces, el yo se sitúa a la defensiva, niega a los instintos sexuales la satisfacción deseada y los obliga a buscar, por largos rodeos, aquellas satisfacciones sustitutivas que se manifiestan como síntomas nerviosos.
La terapia psicoanalítica consigue, en tales casos, someter a revisión el proceso de represión y derivar el conflicto hacia un desenlace mejor, compatible con la salud. Algunos incomprensivos tachan de unilateral nuestra valoración de los instintos sexuales, alegando que el hombre tiene intereses distintos de los del sexo. Ello es cosa que jamás hemos olvidado o negado.
Nuestra unilateralidad es como la del químico que refiere todas las combinaciones a la fuerza de la atracción química. No por ello niega la ley de gravedad; se limita a abandonar su estudio al físico.
En el curso de la labor terapéutica hemos de preocuparnos de la distribución de la libido en el enfermo; investigamos a qué representaciones de objeto está ligada su libido, y la libertamos para ponerla a disposición del yo. En este proceso hemos llegado a formarnos una idea muy singular de la distribución inicial, primitiva, de la libido en el hombre. Nos hemos visto forzados a admitir que al principio de la evolución individual, toda la libido (todas las aspiraciones eróticas y toda la capacidad de amar) está ligada a la propia persona o, como nosotros decimos, constituye una carga psíquica del yo. Sólo más tarde, en concomitancia con la satisfacción de las grandes necesidades vitales, fluye la libido desde el yo a los objetos exteriores, lo cual nos permite ya reconocer a los instintos libidinosos como tales y distinguirlos de los instintos del yo. La libido puede ser nuevamente desligada de estos objetos y retraída al yo.


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