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LXXXIV PRÓLOGO PARA UN LIBRO DE JOHN GREGORY BOURKE (1913)

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CUANDO en 1885 me hallaba en París como discípulo de Charcot, además de las conferencias del maestro ejercieron sobre mí máxima atracción las demostraciones y clases de Brouardel, quien solía enseñarnos, con el material de autopsias de la morgue, cuántas cosas dignas de que el médico las conozca existen aunque la ciencia no se avenga a considerarlas. Repasando cierta vez los signos que permiten deducir la posición social, el carácter y la procedencia del cadáver anónimo, le oí decir: «Les genous sales sont le signe d´une jeune fille honnête». ¡Consideraba las rodillas sucias como prueba de la virtud femenina!
Más tarde, cuando la labor psicoanalítica me permitió conocer las formas en que el hombre civilizado enfrenta actualmente el problema de su carnalidad, tuve múltiples ocasiones para advertir que la limpieza corporal se vincula mucho más fácilmente al pecado que a la virtud. Sin duda, el hombre se siente avergonzado de cuanto pueda recordarle con excesiva claridad su índole animal. Pretende imitar a los «ángeles perfectísimos» que en la escena final de Fausto se lamentan porque
Nos queda un terreno resto
que llevamos con vergüenza,
y aunque fuera de asbesto
no sería más limpio.

Pero los hombres, viéndose obligados a quedar muy lejos de semejante perfección, apelaron al recurso de negar en lo posible ese incómodo resto terreno; de negarlo entre sí, aunque todos saben que el prójimo también lo lleva; además, prefieren sustraerlo a la atención y al cuidado que podría exigir como parte integrante de nuestro ser. Seguramente habría sido mejor admitirlo y perfeccionarlo en la medida que su índole permita.
No es nada simple la tarea de abarcar o describir las consecuencias que para la cultura ha tenido semejante actitud ante el «vergonzoso resto terreno», en cuyo núcleo cabe ubicar las funciones sexuales y excrementicias.
Destaquemos tan sólo la consecuencia que más nos interesa aquí, es decir, la de que a la ciencia le ha sido vedado ocuparse de tales manifestaciones de la vida humana, pues quien estudie estos asuntos será considerado casi tan «indecente» como el que efectivamente realiza lo indecente.
Sin embargo, el psicoanálisis y la ciencia del folklore no se han dejado arredrar por estas prohibiciones, de tal modo que pudieron enseñarnos muchas cosas indispensables para el conocimiento del hombre. Limitándonos en esta oportunidad a los descubrimientos referentes a la escatología, podemos mencionar, como resultado principal de la investigación psicoanalítica, el hecho de que la criatura humana está obligada a repetir, durante las primeras etapas de su desarrollo, aquellos cambios de la actitud del hombre frente a lo escatológico que probablemente se produjeron cuando el Homo sapiens se incorporó de la madre tierra.


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