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Sigmund Freud


LX LA INICIACIÓN DEL TRATAMIENTO 1913 - pág.8

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También la neurosis de un individuo posee los caracteres de un organismo, y sus fenómenos parciales no son independientes entre sí, sino que se condicionan y se apoyan unos a otros. No se padece nunca más que una sola neurosis y no varias que hayan venido a coincidir casualmente en el mismo individuo. Un enfermo al que, siguiendo sus deseos, hubiéramos libertado de un síntoma intolerable, podría experimentar a poco la dolorosa sorpresa de ver intensificarse, a su vez, hasta lo intolerable, otro síntoma distinto, benigno hasta entonces. Todo aquel que quiera hacer lo más independiente posible de sus condiciones sugestivas (esto es, de sus condiciones de transferencia) el éxito terapéutico, obrará cuerdamente renunciando también a los indicios de influencia electiva de que el médico dispone. Para el psicoanalista, los pacientes más gratos habrán de ser aquellos que acuden a él en busca de la más completa salud posible y ponen a su disposición todo el tiempo que le sea preciso para conseguir su restablecimiento. Naturalmente, sólo pocos casos nos ofrecen condiciones tan favorables.
Otra de las cuestiones que deben ser resueltas al iniciar un tratamiento es la referente al dinero; esto es, al montante de los honorarios del médico. El analista no niega que el dinero debe ser considerado en primera línea como medio para la conservación individual y la adquisición de poderío, pero afirma, además, que en valoración participan poderosos factores sexuales. En apoyo de esta afirmación puede alegar que el hombre civilizado actual observa en las cuestiones de dinero la misma conducta que en las cuestiones sexuales, procediendo con la misma doblez, el mismo falso pudor y la misma hipocresía. Por su parte, el analista no está dispuesto a incurrir en iguales vicios, sino a tratar ante el paciente las cuestiones de dinero con la misma sinceridad natural que quiere inculcarle en cuanto a los hechos de la vida sexual, y de este modo le demostrará ya desde un principio haber renunciado él mismo a un falso pudor, comunicándole espontáneamente en cuánto estima su tiempo y su trabajo. Una elemental prudencia le aconsejará luego no dejar que se acumulen grandes sumas, sino pasar su minuta a intervalos regulares (por ejemplo, mensualmente). Por otro lado, es bien sabido que la baratura de un tratamiento no contribuye en modo alguno a hacerlo más estimable a los enfermos. Esta conducta no es, desde luego, la habitual entre los neurólogos o los internistas de nuestra sociedad europea.


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