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LX LA INICIACIÓN DEL TRATAMIENTO 1913 - pág.3

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El paciente nos lleva así durante cierto tiempo una ventaja que sólo a disgusto le concedemos en la cura.
Debe desconfiarse siempre de aquellos enfermos que nos piden un plazo antes de comenzar la cura. La experiencia nos ha demostrado que es inútil esperar su retorno al expirar la tregua acordada, incluso en aquellos casos en los que la motivación del aplazamiento, o sea la racionalización de su propósito de eludir el tratamiento, parecería plenamente justificada para un profano.
El hecho de que entre el médico y el paciente que va a ser sometido al análisis, o entre sus familias respectivas, existan relaciones de amistad o conocimiento, suscita también especiales dificultades. El psicoanalista del que se solicita que se encargue del tratamiento de la mujer o el hijo de un amigo, puede prepararse a perder aquella amistad, cualquiera que sea el resultado del análisis.
No obstante, deberá sacrificarse si no encuentra un sustituto en el que pueda confiar.
Tanto los profanos como aquellos médicos que todavía confunden el psicoanálisis con un tratamiento de sugestión suelen atribuir gran importancia a las esperanzas que el paciente funde en el nuevo tratamiento. Juzgan que tal o cual enfermo no habrá de dar mucho trabajo, por entrañar una gran confianza en el psicoanálisis y estar convencido de su verdad y su eficacia. En cambio, tal otro suscitará graves dificultades, pues se trata de un escéptico que niega todo crédito a nuestros métodos y sólo se convencerá cuando experimente en sí propio su eficacia. Pero, en realidad, la actitud del paciente significa muy poco; su confianza o desconfianza provisional no supone apenas nada, comparada con las resistencias internas que mantienen las neurosis. La confianza del paciente hace muy agradable nuestro primer contacto con él, y le damos, por ella, las más rendidas gracias, pero al mismo tiempo le advertimos también que tan favorable disposición se estrellará seguramente contra las primeras dificultades emergentes en el tratamiento. Al escéptico le decimos que el análisis no precisa de la confianza del analizado y que, por tanto, puede mostrarse todo lo desconfiado que le plazca, sin que por nuestra parte hayamos de atribuir su actitud a un defecto de su capacidad de juicio, pues nos consta que no está en situación de poderse formar un juicio seguro sobre estas cuestiones; su desconfianza no es sino un síntoma como los demás suyos y no habrá de perturbar, de modo alguno, la marcha del tratamiento, siempre que, por su parte, se preste él a observar concienzudamente las normas del análisis.


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