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XXXIII EL DELIRIO Y LOS SUEÑOS EN LA «GRADIVA» DE W. JENSEN 1906 [1907] - pág.38

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De este modo ha establecido el poeta una íntima conexión entre el desvanecimiento del delirio y la resurrección del deseo erótico, preparando así el obligado desenlace amoroso. Mas conocedor que sus críticos, de la esencia del delirio, sabe que a la génesis del mismo han contribuido conjuntamente el deseo amoroso y la resistencia al mismo y deja que la muchacha a la que encarga de la labor terapéutica se dé cuenta de aquellos componentes del delirio que han de serle gratos. Sólo el conocimiento de los mismos puede determinarla a consagrarse a dicha obra curativa, y únicamente la seguridad de que el arqueólogo puede moverla a confesar al mismo su recíproco amor. El tratamiento consistirá, entonces, en hacer llegar desde el exterior, a la conciencia de Hanold, aquellos recuerdos reprimidos que él no puede libertar en su interior. Mas este tratamiento fracasaría si la terapeuta no se apoyara en los sentimientos del enfermo y no pudiera encerrar la definitiva interpretación de su delirio en la siguiente frase: «Mira, todo eso no significa sino que me amas».
El procedimiento que el poeta hace adoptar a Zoe para la curación del delirio de Hanold, muestra más que una amplia analogía, una total identidad con el método terapéutico que el doctor, J. Breuer y el autor de estas líneas, introdujeron en la medicina el año de 1895, y a cuyo perfeccionamiento he dedicado desde entonces todas mis actividades. Este tratamiento, denominado primero «catártico», por Breuer y calificado por mí, preferentemente de «analítico», consiste en hacer llegar forzadamente, en cierto sentido, a la conciencia de los enfermos que padecen perturbaciones análogas a las de Hanold, lo inconsciente a cuya represión se debe la enfermedad; técnica, por completo igual a la que Gradiva aplica a los recuerdos, reprimidos en Hanold, de sus relaciones infantiles con ella. Cierto es que para Gradiva resulta este tratamiento harto más fácil que para el médico, pues su posición con respecto al enfermo es la más favorable al éxito terapéutico. El médico, que carece de todo anterior conocimiento del sujeto y no lleva en sí, como recuerdos conscientes, aquellos mismos elementos que inconscientemente se agitan en la intimidad psíquica del mismo, tiene que servirse de una complicada técnica para colocarse en igualdad de circunstancias. Deberá aprender, ante todo, a deducir con la mayor seguridad posible, de las manifestaciones y confesiones conscientes del enfermo lo que en él se halle en estado de represión, y a adivinar lo inconsciente, por las indicaciones contenidas en las palabras y en los actos del sujeto.


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