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Sigmund Freud


XXXIII EL DELIRIO Y LOS SUEÑOS EN LA «GRADIVA» DE W. JENSEN 1906 [1907] - pág.31

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Pero el más importante de los factores que disculpan el estado de Hanold, sigue siendo la facilidad con la que nuestro pensamiento se decide a aceptar un absurdo cuando tal aceptación satisface a sentimientos saturados de afecto. Es sorprendente, aunque en general no se le dé toda la importancia que posee, la facilidad con la que incluso personas de gran inteligencia muestran, bajo tales constelaciones psicológicas, reacciones propias de una parcial debilidad mental. Todo aquel que no posea una idea excesivamente alta de sí mismo podrá observar esto en su propia persona, sobre todo cuando una parte de los procesos mentales que someta a tal observación dependan de motivos inconscientes o reprimidos. Citaré aquí lo que sobre esta cuestión me escribió un filósofo: «También yo he comenzado a anotar los errores en que personalmente incurro, actos irreflexivos que motiva uno a posteriori y por cierto harto irracionalmente. Es asombrosa, pero típica, la cantidad de tontería que de este modo descubrimos en nosotros mismos.» Añádase, ahora, a todo esto, que la creencia en los espíritus, apariciones y fantasmas, que tanto apoyo encuentra en todas las religiones, a alguna de las cuales hemos pertenecido todos, por lo menos de niños, no ha desaparecido por completo, ni aun entre las clases cultivadas, muchos de cuyos miembros encuentran todavía posible conciliar el espiritismo con la razón. Por otro lado, hasta los más incrédulos en estas materias vuelven con gran facilidad a aceptar las más groseras supersticiones cuando en circunstancias emocionantes se hallan ante algo que les parece inexplicable. Sé de un médico que había perdido a una de sus pacientes, atacada de la enfermedad de Basedow, y no podía alejar de su ánimo la sospecha de que quizá por una imprudente medicación había él contribuido al funesto desenlace. Un día, varios años después, entró en su gabinete de consulta una muchacha en la que a pesar de toda su resistencia a tales supersticiones tuvo que reconocer a la enferma fallecida. Durante unos instantes, se le impuso la idea de que era cierto que los muertos retornaban a la tierra, pero las primeras frases de la supuesta aparición desvanecieron su terror dejándole avergonzado y confuso ante su pueril falta de reflexión. La visitante no era sino uno hermana de la muerta y padecía igual dolencia. Sabido es que los atacados de la enfermedad de Basedow presentan todos un cierto parecido de sus rasgos fisonómicos, y en el caso presente este parecido típico se agregaba al familiar.


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