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XXXIII EL DELIRIO Y LOS SUEÑOS EN LA «GRADIVA» DE W. JENSEN 1906 [1907] - pág.30

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Norbert le habla de su sueño, del bajo relieve con la figura de Gradiva y del singularísimo modo de andar en que con ella coincide. Zoe acepta el papel de fantasma meridiano que comprende ser el que el delirio de Hanold le atribuye y usando frases de doble sentido, señala discretamente al joven una nueva situación con respecto a ella, aceptando de sus manos la funeraria flor que él ha cortado sin propósito consciente y expresando su melancólico sentimiento por no ser rosas lo que Hanold le ofrece, como lo haría a una mujer viva.
Nuestro interés por la conducta de la prudente y juiciosa muchacha, que después de descubrir tras del delirio de Hanold y como fuerza impulsora del mismo, el amor que ella le inspira, decide curarle de su trastorno mental y hacer su esposo al hombre en que desde pequeña puso su corazón, queda, en esta parte del relato, un tanto debilitado por la extrañeza que nos produce el grado a que el delirio del arqueólogo llega. La última creación de este delirio o sea la creencia de que Gradiva, muerta el año 79 de nuestra era, surge cotidianamente de su tumba para dialogar con él durante una hora, transcurrida la cual, vuelve a la tierra esta fantástica imaginación, que no se detiene ante la vista de calzado moderno de Zoe-Gradiva, ni ante su ignorancia del latín y del griego y, en cambio, su conocimiento del alemán, idioma que no existía aún en la época del sepultamiento de Pompeya, parece justificar la denominación de «fantasía pompeyana» que Jensen da a su obra y excluir por completo toda posible verdad clínica. Mas a nuestro juicio, esta aparente inverosimilitud del delirio desaparece en cuanto reflexionamos un poco sobre las causas a que es debida nuestra impresión. Una gran parte de la culpa la ha tomado sobre sí el poeta, al presentar como punto de partida de su relato la total semejanza de Zoe Bertgang con la figura del bajo relieve. Debemos, pues, cuidarnos de no desplazar la inverosimilitud de este antecedente sobre su consecuencia,
o sea, el hecho de que Norbert tome a la muchacha por la propia Gradiva resucitada, error singular que necesariamente hemos de atribuir a la influencia perturbadora del delirio que a Hanold domina, pues el poeta no nos proporciona para él explicación racional alguna. Únicamente y en calidad de circunstancias atenuantes de las extravagancias de su héroe hace contribuir a ellas la influencia del ardiente sol de la Campania y la del fuerte vino del Vesubio.


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