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Sigmund Freud


XXXIII EL DELIRIO Y LOS SUEÑOS EN LA «GRADIVA» DE W. JENSEN 1906 [1907] - pág.29

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Mas, por otro lado, Hanold no halla alegría ninguna en esta victoria sobre su erotismo. El sentimiento reprimido conserva energía suficiente para vengarse de las fuerzas represoras provocando sensaciones de displacer y estableciendo nuevas coerciones en el sujeto. De este modo, el deseo amoroso de Norbert es convertido en un atormentador desasosiego que le hace reputar insensato su viaje, y la verdadera motivación del mismo queda vedada a su percatación consciente al mismo tiempo que su personalidad científica parece anularse en circunstancias en las que todo lo que le rodea debiera imponer un efecto contrario. Así, pues, el poeta nos muestra a su héroe, tras de su huída del amor, en un estado de confusión y desconcierto semejante al que suele aparecer en el período álgido de los estados patológicos, cuando ninguno de lo poderes combatientes es lo suficientemente superior al otro para que la diferencia de sus energías pueda establecer un riguroso régimen anímico. Mas una vez que ha llevado la situación hasta este punto culminante, interviene para mitigar su tensión y resolverla, haciendo entrar en escena a Gradiva, la cual emprende la curación del delirio. Con su poder de dirigir a un feliz desenlace los destinos de las criaturas por él creadas, traslada el autor a Zoe a la misma ciudad en la que -precisamente huyendo de ella- se ha refugiado Hanold y corrige así la simpleza que el delirio inspiró a éste, haciéndole dejar la residencia de su amada viva por el sepulcro de la que en su fantasía la ha sustituido.
Con la aparición de Zoe Bertgang, que señala el punto culminante del relato, toma nuestro interés un distinto curso. Hasta este momento, hemos asistido al desarrollo de un delirio; ahora, vamos a ser testigos de su curación. Lo primero que se nos ocurre preguntarnos ante esta nueva fase del relato es si el autor procederá con absoluta libertad al exponernos la historia de la curación de Hanold, o por lo contrario, se ajustará a las posibilidades reales. Las palabras de Zoe en su diálogo con su amiga, no dejan lugar a dudas sobre sus propósitos curativos. Pero, ¿cómo logrará llevarlos a cabo? Después de dominar la indignación que hubo de producirle el deseo expresado por Hanold de verla reclinarse para dormir «como entonces» sobre la escalinata del templo, retorna a la hora meridiana del siguiente día al mismo sitio y arranca al arqueólogo todos aquellos secretos de su delirante fantasía cuyo desconocimiento le impidió explicarse su conducta del día anterior.


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