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Sigmund Freud


XXXIII EL DELIRIO Y LOS SUEÑOS EN LA «GRADIVA» DE W. JENSEN 1906 [1907] - pág.25

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Pero antes de que esta resolución se le imponga, tiene una singular aventura. Hallándose asomado a la ventana de su cuarto, cree ver pasar por la calle una figura femenina semejante en un todo a la Gradiva. Sin darse cuenta de que se halla a medio vestir, sale de su casa en pos de ella, pero el asombro y la burla de los transeúntes, le obligan a retornar sin haber conseguido su propósito. De nuevo en su habitación, los trinos de un canario, cuya jaula cuelga en una ventana de la casa frontera, le sugieren la idea singular de que también él es un prisionero ansioso de libertad, y el viaje a Italia queda decidido y es emprendido inmediatamente.
El poeta ha cuidado de arrojar una clara luz sobre este viaje de su héroe llegando hasta hacer que el mismo Hanold se dé cuenta parcial de los íntimos procesos que lo motivan. Claro es que, en un principio, intenta justificar ante sí mismo su decisión con un pretexto científico, pero no logra engañarse por mucho tiempo. Sabe muy bien «que el impulso a emprender aquel viaje había sido determinado en él por una sensación indefinible.» Un singular desasosiego hace que nada le satisfaga, y le lleva de Roma a Nápoles y de aquí a Pompeya, sin que tampoco en este último lugar logre encontrarse a gusto. La necedad de los jóvenes matrimonios en viaje de novios le irrita sobremanera y las moscas que pueblan los hoteles de Pompeya exacerban, con su pegajosa obstinación, su constante malhumor. Finalmente, acaba por comprender que «su disgusto no depende tan sólo de circunstancias exteriores, sino que tiene, en parte, un origen íntimo». Se da cuenta de su sobreexcitación y siente «que se halla malhumorado porque le falta algo, sin que pueda precisar el qué. Y este malhumor lo va llevando él consigo a todas partes». En tal estado de ánimo llega a rebelarse incluso contra la ciencia arqueológica, su dueña y señora. Durante su primer paseo, bajo el ardiente sol del mediodía, por entre las ruinas de Pompeya, siente que «no sólo ha huido de él toda su ciencia, sino que no tiene el menor deseo de volverla a hallar, pues su recuerdo de ella es lejanísimo, como pudiera ser el de una de esas viejas parientes, momificadas y tediosas, a las que se considera como los seres más inútiles y coriáceos de la tierra».


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