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XXXIII EL DELIRIO Y LOS SUEÑOS EN LA «GRADIVA» DE W. JENSEN 1906 [1907] - pág.21

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De este modo, llega el arqueólogo a completar la imagen de la muchacha que sirvió de modelo al bajo relieve y la sitúa en la tranquila Pompeya en donde se la figura cruzando las calles con su paso singular, por encima de las grandes hiladas de piedras destinadas a facilitar el tránsito de los peatones. Estos rendimientos de la fantasía de Hanold se nos muestran harto arbitrarios, pero, al mismo tiempo, inocentes y nada equívocos. Todavía, más adelante, cuando de estas imaginaciones surge por vez primera un impulso a la acción, esto es, cuando el arqueólogo, obsesionado por el problema de si aquel gracioso andar puede o no hallarse en la realidad, comienza a observar a las mujeres que en su camino encuentra, mirando con toda atención el movimiento de los pies femeninos; todavía -repetimos- queda encubierta esta actividad por motivos científicos en él conscientes, como si todo su interés por la figura estatuaria de Gradiva se fundara en sus estudios profesionales de arqueología. Claro es que las mujeres que con él se cruzan y a las que toma como objetos de su investigación tienen que interpretar de un modo muy distinto, groseramente erótico, su singular conducta y nosotros no podemos por menos de concederles la razón. Mas, para nosotros, no cabe duda de que Hanold ignora tan en absoluto los motivos de su investigación como el origen de sus fantasías sobre la Gradiva. Estas últimas son, como después descubrimos, reminiscencias de sus recuerdos y transformaciones y deformaciones adoptadas por los mismos, después de haber intentado sin éxito abrirse paso, en forma no modificada, basta la conciencia. El supuesto juicio crítico concebido por Norbert de que la estatua representaba algo «actual», no es sino una sustitución de su conocimiento de que aquel paso tan lleno de graciosa elegancia era la característica de una contemporánea suya a la que conocía ha largos años y que en la época «presente» andaba así por las calles. Tras de la impresión de que la figura estaba copiada «del natural» y la fantasía del origen heleno de Gradiva se esconde el recuerdo del nombre Zoe, que, en griego, significa «vida». Gradiva es ­como el mismo Hanold nos lo dice al alcanzar su total curación- una buena traducción latina del germánico apellido Bertgang, que significa tanto como «la que esplende al avanzar». Los detalles fantásticos sobre la personalidad del padre de Gradiva, proceden del conocimiento de que Zoe Bertgang, es hija de un reputado profesor de la Universidad, empleo que puede sin gran violencia traducirse a lo antiguo por el desempeño de un elevado cargo religioso.


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