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XXXIII EL DELIRIO Y LOS SUEÑOS EN LA «GRADIVA» DE W. JENSEN 1906 [1907] - pág.20

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Así, pues, al quedar reprimidos, en Norbert Hanold, los sentimientos eróticos, y dado que su erotismo no conoce o ha conocido otro objeto que, en su niñez, Zoe Bertgang, quedan simultáneamente olvidados todos los recuerdos a la misma referentes. El antiguo bajo relieve despierta luego este dormido erotismo, y hace devenir activos a los recuerdos infantiles, mas a causa de una resistencia existente en Hanold contra el erotismo, no pueden los mismos adquirir eficiencia sino en calidad del inconscientes. Lo que a continuación se desarrolla en su intimidad psíquica no es sino una lucha entre el poder del erotismo y las fuerzas represoras, y aquello que de esta lucha surge al exterior, es un delirio.
Nuestro poeta ha omitido fijar las causas que motivan la represión de la vida amorosa en su héroe, pues la continua abstracción del mismo en su disciplina científica es tan sólo el medio del que la represión se sirve para lograr sus fines. El médico tendría que profundizar más en este punto, aunque quizá no consiguiese mayores resultados. Lo que, en cambio, no ha dejado Jensen de exponer con todo acierto -y ya hemos acentuado antes la importancia de este hecho y la admiración que nos producía- es cómo el erotismo reprimido surge de nuevo precisamente de entre los mismo medios puestos al servicio de la represión. Como era debido, es una obra del arte antiguo, una figura escultórica femenina, lo que arranca a nuestro arqueólogo de su apartamiento del amor y le advierte la obligación de satisfacer a la vida la deuda que desde nuestro nacimiento pesa sobre nosotros.
Las primeras manifestaciones del proceso estimulado en Hanold por la contemplación del bajo relieve son fantasías que giran en derredor de la persona en él representada, la cual se le muestra como algo «actual» en el sentido de haber reproducido el artista, «del natural», la viva figura de una mujer a la que hubiera visto a su paso por la calle. Continuando luego sus imaginaciones, da a la muchacha de la escultura el nombre de «Gradiva», formándolo a semejanza del apelativo que designaba al dios de la guerra dirigiéndose al combate -Mars Gradivus- y poco a poco, va dotándola de una detallada personalidad. Tiene que ser hija de un hombre considerable, quizá de un patricio que desempeñase un cargo religioso ligado al culto de una divinidad; su rostro posee rasgos que revelan su origen griego, y por último su apacible serenidad la hace incompatible con el bullicio de la populosa metrópoli romana.


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