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Sigmund Freud


XXXIII EL DELIRIO Y LOS SUEÑOS EN LA «GRADIVA» DE W. JENSEN 1906 [1907] - pág.18

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Zoe mostraba ya, seguramente, de niña, aquel paso peculiar en que el pie que quedaba atrás aparecía perpendicular al suelo y apoyado tan sólo en las puntas de los dedos, y precisamente por la representación plástica de este andar es por lo que un antiguo bajo relieve adquiere para Norbert Hanold la inmensa importancia que conocemos. En toda esta derivación del singular fetichismo de Hanold se nos muestra el poeta de completo acuerdo con las opiniones científicas, pues desde A. Binet, todos los investigadores de estas materias, atribuimos la génesis del fetichismo a impresiones eróticas de la infancia.
El apartamiento duradero de la mujer produce en el sujeto la aptitud personal para la formación de un delirio o, como diríamos técnicamente, la disposición al mismo. Dada esta disposición, el desarrollo de la perturbación anímica comenzará en el mismo momento en que una impresión casual despierte aquellos sucesos infantiles olvidados que, aunque mínima, posean una huella de erotismo. Mas al usar el término «despertar» cometemos una impropiedad, pues el proceso que se verifica realmente en estos casos posee un carácter muy distinto, como hemos de ver al traducir el relato del poeta a la terminología científica de nuestra disciplina psicológica. Norbert Hanold, no recuerda, al contemplar la figura del bajo relieve, haber visto ya en su infantil amiga aquel gracioso andar; no recuerda nada de esto, y sin embargo, todo el efecto que el bajo relieve ejerce sobre él, reposa en su enlace con aquella impresión infantil. Así, pues, esta impresión deviene activa y comienza, incluso, a motivar efectos, pero no llega a la conciencia, esto es, permanece «inconsciente», como acostumbramos a decir usando un término ya imprescindible en la psicopatología. Este término y el concepto a que corresponde, quisiéramos verlos libres de las acostumbradas discusiones que todo neologismo y su significado suscitan, tanto entre los filósofos como entre los naturalistas, y que no suelen tener con frecuencia otra significación que la puramente etimológica. Haremos, pues, constar, que con este calificativo de «inconsciente» nos referimos con exclusividad a aquellos procesos psíquicos que, comportándose activamente, no llegan, sin embargo, a la conciencia del sujeto. Si algunos pensadores quisieran negar como paradójica, la existencia de tal inconsciente, tendríamos que suponer que no habiéndose ocupado jamás de los fenómenos anímicos de este género, seguían aferrados a la errónea creencia le que todo lo anímico que deviene activo e intenso, se hace al mismo tiempo consciente.


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