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Sigmund Freud


XXXIII EL DELIRIO Y LOS SUEÑOS EN LA «GRADIVA» DE W. JENSEN 1906 [1907] - pág.17

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Tampoco las condiciones preliminares, hereditarias y constitucionales del estado de Hanold, preocupan mucho al poeta, que, en cambio, ahonda en el estado de ánimo personal que puede dar origen a un tal delirio.
En una cuestión muy importante es la conducta de Hanold en absoluto diferente de la de los hombres normales. Las mujeres de carne y hueso no presentan para él interés ninguno, pues la ciencia, a cuyo servicio se ha colocado por entero, se ha apoderado de tal interés y lo ha desplazado sobre las mujeres de piedra o de bronce, circunstancia que no debemos considerar como una singularidad indiferente, dado que constituye el dato fundamental que sirve de punto de partida a todo el relato. En efecto, sucede que una de aquellas muertas figuras femeninas atrae a sí todo aquel interés erótico al que sólo una mujer viva hubiera tenido derecho, y de este modo aparece el delirio. Ante nuestros ojos se desarrolla luego el proceso por el que merced a una feliz coincidencia queda curada esta perturbación, desplazándose de nuevo, pero inversamente, el interés, o sea desde la piedra hasta la mujer viva. Lo que no nos deja ver el poeta es por qué influencias ha llegado nuestro héroe al estado de apartamiento de la mujer en que desde el primer instante nos lo muestra, y sólo nos indica que tal conducta no queda explicada por su idiosincrasia, que, por lo contrario, entraña una gran parte de necesidad fantástica y -nos atreveríamos nosotros a añadir- erótica. También vemos, más tarde, que en su niñez no huía de otros niños y mantenía una estrecha amistad infantil con una muchachita, mostrándose inseparable de ella, partiendo con ella sus meriendas, forcejeando con ella en sus juegos y dejando que le golpeara y tirara de los pelos. En este apego y esta reunión de la ternura con la tendencia agresiva se exterioriza el inmaturo erotismo de la vida infantil, que durante esta época sólo el médico o el poeta suelen reconocer como tal y cuyos efectos se manifiestan muy posteriormente, pero, entonces, con fuerza irreductible. Nuestro autor nos da claramente a entender que ésta y no otra es su propia interpretación de la infantil amistad de Hanold y Zoe, pues hace luego surgir en su héroe, en ocasión apropiada, un repentino interés vivísimo por el andar y la posición de los pies femeninos, interés que tanto la ciencia como las mujeres de la ciudad en que Norbert vive tienen que interpretar como una manifestación de «fetichismo», pero que para nosotros se deriva necesariamente del recuerdo de la infantil compañera.


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