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XXXIII EL DELIRIO Y LOS SUEÑOS EN LA «GRADIVA» DE W. JENSEN 1906 [1907] - pág.11

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» Habiendo atribuido a Gradiva, en una de sus imaginaciones, un origen griego, la interpela en esta lengua, lleno de ansiedad por averiguar si la aparición posee en su ficticia vida el don de la palabra. Luego, al no obtener respuesta, comienza a interrogarla en latín. Y he aquí que el bello fantasma sonríe dulcemente y exclama: «Si quiere que le comprenda, hábleme en alemán».
¡Qué vergüenza para nosotros los lectores! Resulta que el poeta se ha burlado de nosotros, y para obligarnos a juzgar con una mayor benevolencia a su héroe, nos ha hecho caer en un pequeño delirio, como si sobre nuestras facultades intelectuales hubiese actuado un reflejo de aquel ardiente sol del mediodía pompeyano, que cae a plomo sobre la frente del infeliz Norbert. Mas curado ya de nuestro momentáneo desvarío, vemos ahora que la Gradiva que creíamos fantasmal aparición no es sino una muchacha alemana de carne y hueso, hipótesis que antes rechazamos como la más inverosímil. Podemos ya, por lo tanto, esperar con toda calma y serenidad, que el poeta nos muestre, en primer lugar, la relación existente entre esta muchacha y su imagen en piedra, y en segundo, cómo el joven arqueólogo ha podido llegar a las fantasías que atribuían, no sin cierta razón por lo que vemos, una existencia real a dicha imagen.
En cambio, el delirio de Hanold no queda tan rápidamente disipado como el nuestro, pues la dicha que el encontrar realizada su fantasía le produce, le hace admitir las más inverosímiles circunstancias, y además, su delirio, posee seguramente raíces íntimas de las que nada sabemos y que al nuestro faltan por completo. Para hacerlo volver a la realidad ha de ser necesario un penetrante duradero tratamiento, y de este modo, lo único que por el momento podrá hacer es adaptar a su delirio su nueva y maravillosa aventura. Gradiva, muerta entre la ceniza que sepultó a Pompeya, no puede ser para él más que un fantasma que sale de su tumba a la hora meridiana, consagrada a los espíritus. ¿Mas, entonces por qué al oír las palabras que la muchacha pronuncia en alemán, exclama sin un instante de vacilación: «Ya sabía yo que tu voz resonaba así»? Es ésta una interrogación que, como nosotros, hubo de presentar la muchacha, y Hanold se ve obligado a conceder que no oyó nunca antes su voz, pero que esperó oírla cuando en su sueño le habló, mientras ella, silenciosa, se reclinaba para dormir y morir, sobre las gradas de la escalinata del templo.


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