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XXXIII EL DELIRIO Y LOS SUEÑOS EN LA «GRADIVA» DE W. JENSEN 1906 [1907] - pág.9

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Sin embargo, acaba por darse cuenta de que «su disgusto no depende únicamente de circunstancias exteriores, sino que tiene, en parte, un origen íntimo», pues «siente que se halla malhumorado porque le falta algo, sin que pueda precisar el qué».
A la mañana siguiente se encamina hacia la destruida ciudad, y después de despedir al guía, se pone a recorrerla al azar, sin acordarse siquiera, por un singular olvido, de su reciente sueño, en el que fue testigo de la catástrofe que hubo de sepultarla. Cuando luego, en la «cálida y divina» hora de mediodía, que para los antiguos era la de los espíritus, han desaparecido todos los visitantes y no quedan ante él sino las solitarias ruinas bañadas por el ardiente sol, surge en el arqueólogo la capacidad de trasladarse a las pasadas épocas, mas no ya con ayuda de la ciencia. «Lo que ésta enseña es una fría concepción arqueológica expresada en un muerto idioma filológico e insuficiente para llegar a la comprensión del alma de las cosas. Aquel que sienta el anhelo de adentrarse en la íntima realidad de Pompeya habrá de pasar solitario esta ardiente hora meridiana entre los restos del pasado y mirar y oír con algo de más sutil capacidad de percepción que los ojos y los oídos. Sólo entonces verá despertar de nuevo a los muertos y comenzará a vivir Pompeya ante él».
Hallándose Hanold entregado a esta evocación del pasado en su fantasía, ve de repente salir de una casa cercana y atravesar la calle a la propia Gradiva del bajo relieve, tal y como en su sueño se le había aparecido camino del templo de Apolo. «Este recuerdo de su sueño le hizo darse cuenta de algo de que hasta el momento no había tenido conciencia. Si, aun ignorando el impulso interior que le había decidido a emprender el viaje, había partido para Italia, y sin detenerse en Roma ni en Nápoles, había llegado hasta Pompeya, era con el propósito de buscar en esta ciudad las huellas de su Gradiva. Y precisamente las huellas en el propio y estricto sentido de la palabra, pues el característico paso de la fantástica beldad debía de haber dejado una impronta inconfundible en la ceniza de elas calles pompeyanas.»
La tensión en que nos mantiene el poeta se eleva ahora por unos momentos hasta la categoría de una penosa confusión. Encontramos ya desconcertante, no sólo el franco desequilibrio del protagonista, sino la aparición de la Gradiva, que hasta ahora no había pasado de ser primero una figura escultórica y luego una creación de la fantasía de Hanold.


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