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XXXIII EL DELIRIO Y LOS SUEÑOS EN LA «GRADIVA» DE W. JENSEN 1906 [1907] - pág.6

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«Hallándose en el Foro, cerca del templo de Júpiter, ve de repente ante sí a la propia Gradiva. Hasta aquel momento no había ni siquiera imaginado que pudiera hallarla en aquellos lugares, mas, en el acto, le parece naturalísimo el encuentro, puesto que se trata de una pompeyana que vive en su ciudad natal, y sin que él tuviera de ello la menor sospecha, en la misma época que él». Sabiendo el peligro inminente que a todos amenaza, lanza Hanold un grito como queriendo prevenir a la bella muchacha. Gradiva se vuelve un instante hacia él, pero, después, sigue indiferente su camino hacia el templo, y sentándose en la escalinata del pórtico, reclina lentamente su cabeza sobre la fría piedra, mientras su rostro va adquiriendo la rígida palidez del mármol. Norbert se dirige hacia ella, pero al llegar a su lado, la encuentra como sumida, con serena expresión, en un profundo sueño. La lluvia de cenizas, haciéndose cada vez más densa, acaba por enterrar la bella figura yacente.
Al despertar de su sueño resuenan aún en los oídos de Norbert los gritos de angustia de los pompeyanos y el sordo mugir del mar embravecido. Pero aun después de recobrar el dominio sobre su pensamiento y reconocer en tales ruidos los de la populosa calle a la que da su alcoba, continúa por largo tiempo creyendo en la realidad de lo soñado, y todavía después de haber rechazado la idea de que dos mil años antes había asistido a la destrucción de Pompeya, perdura en él la convicción de que Gradiva había vivido en dicha ciudad y perecido en la catástrofe que la sepultó el año 79. Este sueño da tal impulso a las fantasías del joven arqueólogo, que el pensamiento de la muerte de Gradiva le produce igual emoción que si se tratase de una persona querida.
Asomado a la ventana, dejaba así vagar sus pensamientos, cuando los trinos de un canario que cantaba dentro de su jaula, colgada en la abierta ventana de la casa frontera, atrajeron su atención. Bruscamente, como si fuera ahora cuando despertase de su sueño, salió de su ensimismamiento, y al dirigir su mirada hacia la calle creyó ver pasar ante su casa una figura femenina semejante a su Gradiva y hasta quiso reconocer el paso característico que tan en vano hubo de buscar anteriormente. Sin darse exacta cuenta de sus actos, salió de su casa en persecución de la desconocida, y sólo el asombro y la burla de la gente al verle correr por las calles a medio vestir le hizo retornar a su habitación sin haber conseguido su propósito.


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