El desarrollo de la conciencia en el niño (1933) - pág.12
Biblioteca
|
Melanie Klein
Página 12 de 12
Los repetidos intentos que se han hecho para mejorar a la humanidad -en especial para hacerla más pacífica- fracasaron porque nadie entendió toda la profundidad y el vigor de los instintos de agresión innatos en cada individuo. Tales esfuerzos no buscan otra cosa que estimular los impulsos positivos, los deseos bondadosos de cada persona, negando o suprimiendo los impulsos agresivos. Y, de tal modo, estuvieron condenados al fracaso desde el comienzo. Pero el psicoanálisis tiene a su disposición distintos medios para encarar una tarea de esa clase. No puede, es verdad, borrar por completo el instinto agresivo del hombre, en cuanto tal instinto; pero sí puede, disminuyendo la ansiedad que acentúa a ese instinto, quebrar el refuerzo mutuo que se produce continuamente entre su odio y su temor. Cuando en nuestro trabajo analítico, vemos a cada rato cómo la descomposición de la ansiedad infantil prematura no sólo aminora los impulsos agresivos del niño, sino que conduce a un empleo y satisfacción más valiosos de ellos, desde el punto de vista social; cómo el niño muestra un deseo continuamente creciente, profund amente arraigado, de ser amado y de amar, y de estar en paz con el mundo que lo rodea; y cuánto más placer y beneficios, y qué disminución de la ansiedad, extrae de la satisfacción de ese deseo, cuando vemos todo esto, estarnos dispuestos a creer que lo que ahora podría parecer un estado de cosas utópico, llegará a darse en la realidad, en los días todavía lejanos en que -así lo espero- el análisis infantil llegue a constituir una parte de la educación de cada persona, como lo es ahora la educación escolar. Y quizás entonces la actitud hostil que surge del temor y la suspicacia, que se encuentra en estado latente, con mayor o menor fuerza, en todos los seres humanos, y que intensifica en ellos, multiplicándolos por cien, todos los impulsos de destrucción, cederá su lugar a sentimientos más bondadosos y confiados, y los hombres podrán habitar el mundo, todos juntos, más pacíficamente, y con mejor buena voluntad recíproca de lo que pueden hacerlo ahora.