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Jacques Lacan


Otros Trabajos - pág.12

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Las fuerzas son, las más de las veces, de naturaleza afectiva, y su conflicto con nuestra personalidad organizada nos lleva a desaprobarlas, cualquiera que sea, por lo demás, su valor real, perjudicial para nosotros o para los demás, o sujeto a duda, o incluso benéfico. La introspección no nos da tampoco nada seguro acerca de la función intencional (reguladora o voluntaria) de la personalidad. Al contrario: las informaciones que nos brinda se refieren ante todo a su fracaso constante. ¿No podríamos, por lo menos, colocar este fracaso dentro de la divergencia constante que existe entre el yo real y el ideal que lo orienta? ¿Concederemos a este ideal cierto margen de degradaciones posibles? Pero entonces no será más que una simple creencia. Esta creencia misma, ¿será más o menos coherente con el conjunto de creencias del sujeto? Pero entonces este ideal va a desvanecerse en la simple imaginación de uno mismo, la más fugitiva, la más desprovista de adhesión interior. ¿O, por el contrario, este ideal es más sólido? Entonces es el choque con la realidad lo que va a romperlo. La realidad, para combatirlo, podrá simplemente cubrirse con una máscara intelectual: será un nuevo ideal del yo, que sacará su fuerza de un nuevo humor, o de una nueva motivación

afectiva. Pero también estas contradicciones podrán ser de un valor intelectual auténtico, o sea que podrán expresar correctamente la realidad objetiva: es lo que se ve cuando la reflexión metódica sobre las revelaciones afectivas que el sujeto ha experimentado, o cuando una observación científica de lo real o incluso la dialéctica interna de las ideas vienen a sacudir, con el conjunto de las creencias, la imagen que se hace de si misma la personalidad. ¿No se tiene, entonces, la impresión de que lo que se produce son más bien tentativas de síntesis, susceptibles de fracasos y de renovación, y que, más que de una personalidad, habría que hablar de una sucesión de personalidades? ¿No son esas transformaciones mismas lo que, según los casos, llamamos enriquecimiento o abandono de nosotros mismos, progreso o conversión? ¿Qué subsiste aquí de nuestra continuidad? Después de algunas de esas crisis no nos sentimos responsables ya ni de nuestros deseos antiguos, ni de nuestros proyectos pasados, ni de nuestros sueños, ni siquiera de nuestros actos. Basándose en estos nuevos datos de la introspección, a la crítica psicológica le resulta demasiado fácil concebir la persona como el lazo siempre pronto a romperse, y por lo demás arbitrario, de una sucesión de estados de conciencia, y apoyar en ello su consideración teórica de un yo puramente convencional.


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