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Jacques Lacan


Seminario 20 Del Goce - pág.24

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Ya nada más con acercarnos a la corriente del discurso analítico, hemos dado el salto ese que llaman concepción del mundo y que, con todo, debe ser para nosotros de lo más cómico que hay. El término concepción del mundo supone un discurso muy distinto del nuestro, el de la filosofía. Nada está menos asegurado, si se sale del discurso filosófico, que la existencia de un mundo. No queda sino sonreír cuando se oye afirmar del discurso analítico que implica algo del orden de una tal concepción. Diré aún más: que se emplee dicho término para designar el marxismo también da risa. No me parece que el marxismo pueda hacerse pasar por una concepción del mundo. A ello se opone, mediante toda suerte de coordenadas sobresalientes, el enunciado de lo que dice Marx. Es una cosa distinta, que yo llamaría un evangelio. Es el anuncio de que la historia instaura una dimensión de discurso distinta, y abre la posibilidad de subvertir completamente la función del discurso como tal y, propiamente hablando, del discurso filosófico, en tanto que sobre él reposa una concepción del mundo. De manera general, el lenguaje no es simplemente el campo donde se inscribió en el curso del tiempo el discurso filosófico, sino que resulta ser un campo mucho más rico en recursos. Sin embargo, ciertos puntos de referencia de este discurso están enunciados y son difíciles de eliminar completamente de todo uso del lenguaje. Por ese lado, nada más fácil que recaer en lo que llamé irónicamente concepción del mundo, pero que tiene un nombre más moderado y preciso, la ontología. La ontología es lo que puso a valer en el lenguaje el empleo de la cópula, aislándola del significante. Detenerse en el verbo ser -ese verbo que no tiene siquiera, en el campo completo de la diversidad de las lenguas, un uso que pueda calificarse de universal- producirlo como tal, constituye una acentuación muy arriesgada. Para exorcizarlo, bastaría quizás afirmar que, cuando se dice de cualquier cosa que es lo que es, nada obliga de ninguna manera a aislar el verbo ser. Se pronuncia es lo que es, y podríaasimismoescribirse esloqués. Así, no nos enteraríamos de nada si un discurso,que es el discurso del meser(10), no pusiese el acento en el verbo ser. Es ese algo que el mismo Aristóteles piensa dos veces cuando va a proponerlo ya que, para designar el ser que opone al (escritura en griego), a la quiddidad, a lo que eso es, llega hasta a emplear el (escritura en griego), lo que se habría producido si hubiese llegado a ser, sin más, lo que estaba por ser.


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