Seminario 16 De un otro al otro - pág.301
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Jacques Lacan
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El Dios de la zarza ardiente, el Dios del Sinaí no ha dicho que él sea el único Dios. Esto merece ser recordado. El dice: "Yo soy lo que soy". Eso tiene otro sentido. Eso no quiere decir que él sea el único, eso quiere decir: que no haya otro al mismo tiempo que él, allí donde él es. Y, en verdad, si miran un poco de cerca el texto de la Biblia, verán que es de esto de lo que se trata. Allí donde él es, en su campo, a saber, en la Tierra Santa, no es cuestión de obedecer más que a él. Pero en ninguna parte es negada la presencia de otros allí donde él no es, donde no es su tierra. Y si miran allí de cerca, no ocurre más que cuando se trata de usurpación de honores rendidos a otros y allí donde sólo le es concedido reinar a aquel que ha dicho: "Yo soy lo que soy", es donde los castigos llueven. Esto podría pasar a los ojos de algunos como no teniendo más que un interés histórico. Pero alumbro mi linterna; esto no es más que volver a lo que he enunciado al principio: que ese Dios del que se trata, se designa por lo que él habla, es eso lo que legitima alguna distorsión en esta palabra, que se le haya hecho sufrir a continuación, pues no es seguro que digan enteramente la misma cosa en la iglesia católica, apostólica, romana. En todo caso, el Dios que se define por su relación a la palabra, es un Dios que habla. Es precisamente por lo cual los profetas, como tales, son preeminentes en la tradición judía. En otros términos, la dimensión de la revelación como tal, a saber de la palabra como portadora de verdad, no ha sido jamás puesta en tal relieve fuera de esta tradición. Por otra parte, el lugar de la verdad es llenado, es necesario que él sea cubierto, él lo es en la ocasión por los mitos, por ejemplo; no lo es por la profecía sino es de modo enteramente local que se llama oracular, pero que tiene otro sentido que aquél del profetismo. Una introducción un poquito gruesa, pero al menos estoy necesitado del recuerdo de ciertos relieves enteramente masivos que, a la vista de ese campo de la verdad que nos interesa eminentemente como tal -aún si no lo identificamos a las fórmulas reveladas- por relación a ese campo de la verdad, el saber está en otra parte.