Seminario 9 La Identificación - pág.7
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Jacques Lacan
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Puedo conducirlos muy lejos en esta pista sin que por un sólo instante la verdad de lo que les digo les sea garantizada, aún cuando en lo que les digo no se trata nunca sino de la verdad, y en lo que oigo de eso, ¿por qué después de todo no decir que aparece hasta en los sueños de los que se dirigen a mi? Me acuerdo de uno de ellos, -se puede citar un sueño- : "¿Por qué?, -soñaba uno de mis analizandos- ¿no dice la verdad de la verdad?". Era de mí que se trataba en este sueño. Este sueño no dejaba de desembocar, en mi sujeto, despierto para reprocharme este discurso del que, de oírlo, faltaría siempre la última palabra. No es resolver la cuestión, decir: los niños que ustedes son esperan siempre para creerme, que diga la verdadera verdad; porque este término, la verdadera verdad, tiene un sentido, y diré más: es sobre este sentido que está edificado todo el crédito del psicoanálisis. El psicoanálisis es presentado de entrada al mundo como siendo aquél que aportaba la verdadera verdad. Seguramente, se recae rápidamente en toda clase de metáforas que hacen huir la cosa. Esta verdadera verdad, es el reverso de las cartas. Habrá siempre uno, incluso en el discurso filosófico más riguroso: es sobre esto que se funda nuestro crédito en el mundo, y lo asombroso es que ese crédito dure siempre, aunque desde hace un buen tiempo no se ha hecho el menor esfuerzo por dar un pequeño inicio de comienzo a algo que responda a ello. Desde entonces no me siento mal honrado de que se me interrogue sobre este tema: ¿Dónde está la verdadera verdad de su discurso?. Y puedo después de todo, encontrar que es justamente en tanto no se me toma por filósofo sino por piscoanalista, que se me plantea esta pregunta. Pues una de las cosas más destacables en la literatura filosófica es hasta qué punto entre filósofos, entiendo en tanto que filosofantes, no se plantea al fin de cuentas nunca la misma cuestión a los filósofos, excepto para admitir con una facilidad desconcertante que los más grandes de entre ellos no han pensado una palabra de lo que nos han testimoniado en letras de molde, y se permiten pensar a propósito de Descartes, por ejemplo, que no tenía en Dios sino la fe más incierta, porque esto conviene a tal o cual de sus comentadores, a menos que sea lo contrario lo que le convenga.