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Jacques Lacan


Seminario 2 Psicología y Metapsicología - pág.50

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Esta unidad es aquello en lo cual el sujeto se conoce por vez primera como unidad, pero como unidad alienada, virtual. No participa de los carácteres de inercia del fenómeno de conciencia bajo su forma primitiva; por el contrario, tiene una relación vital, o contra-vital, con el sujeto. Al parecer, el hombre vive ahí una experiencia privilegiada.Después de todo, tal vez algo de este orden exista en otras especies animales. Este punto no es crucial para nosotros. No forjemos hipótesis. Se trata de una dialéctica que está presente en la experiencia a todos los niveles de la estructuración del yo humano, y eso nos basta. Para que la entiendan cabalmente, quisiera representar esta dialéctica mediante una imagen cuya efigie no han tenido tiempo de desgastar porque todavía no la he traído: la del ciego y el paralítico. La subjetividad a nivel del yo es comparable a esta pareja, introducida por la imaginería del siglo xv -justificadamente, sin duda-de una manera peculiarmente acentuada. La mitad subjetiva anterior a la experiencia del espejo es el paralítico, que no puede moverse sólo si no es con torpeza e incoordinación. Lo domina la imagen del yo, que es ciega, y lo conduce. Contrariamente a las apariencias-aquí está todo el problema de la dialéctica-, no es, como cree Platón, el amo quien cabalga el caballo, es decir, al esclavo, sino lo contrario. Y el paralítico, a partir del cual se construye esta perspectiva, sólo puede identificarse con su unidad en la fascinación, en la inmovilidad fundamental con la cual viene a corresponder a la mirada bajo la que está capturado, la mirada ciega. Otra imagen es la de la serpiente y el pájaro, fascinado por la mirada. La fascinación es absolutamente esencial al fenómeno de constitución del yo. En tanto está fascinada adquiere su unidad la diversidad incoherente, incoordinada, de la fragmentación primitiva. La reflexión también es fascinación, bloqueo. Les mostraré esta función de la fascinación, y hasta del terror, bajo la pluma de Freud, y con respecto, precisamente, a la constitución del yo. Tercera imagen. Si hubiese máquinas capaces de encarnar lo que está en juego en esta dialéctica, les propondría el modelo siguiente.

Tomemos una de esas pequeñas tortugas o zorros, como esas que últimamente sabemos fabricar y que ofrecen distracción a los científicos de nuestra época-los autómatas siempre desempeñaron un gran papel, y en estos tiempos cumplen uno renovado-, una de esas maquinitas a las que hoy, gracias a toda clase de órganos intermedios, sabemos dar una homeostasis y algo parecido a deseos.


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