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Jacques Lacan


Seminario 0 El mito individual del neurótico (El Hombre de las Ratas) - pág.15

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Le acompaña su amigo y durante todo el trayecto ríen a carcajadas. Goethe, desde luego, se muestra excesivamente fastidiado cuando advierte que su arreglo no lo favorece, o sea cuando la realidad de la evidente y deslumbrante seducción de la joven surge en medio de esa atmósfera familiar. Le hace comprender que si quiere mostrarse en su mejor forma debe cambiar inmediatamente ese sorprendente disfraz. Las justificaciones que dio al partir resultan muy extrañas. Evoca nada menos que el disfraz que vestían los Dioses para descender en medio de los hombres, lo que parece indicar -como él mismo señala en el estilo del adolescente que era entonces- antes que la infatuación de que hablaba hace un momento, más bien algo que confina con la megalomaníadelirante. Si observamos las cosas en detalle, el texto mismo de Goethe nos muestra su pensamiento. Es que después de todo, a través de esa manera de disfrazarse, los Dioses intentaban sobre todo evitarse disgustos, y para decirlo todo era una manera de no sentir como ofensas la familiaridad de los humanos, y al fin de cuentas lo que los Dioses tienen más riesgos de perder, cuando descienden al nivel de los hombres, es su inmortalidad, y la única manera de escapar a esa pérdida es ponerse en el plano de los mortales; almenos en ese momento, ellos tienen cierta posibilidad de que no resulte afectada esa inmortalidad. Tratábase, en efecto, de algo similar. Todo ello se observa mejor después, cuando Goethe regresa a Estrasburgo para retomar sus buenas maneras, no sin haber sentido, algo tardíamente, su falta de delicadeza al presentarse en una forma que no era la suya, y en cierto modo, haber engañado la confianza de esa gente que lo recibió con encantandora hospitalidad. Y realmente en ese relato se encuentra la nota misma del gemütlich. Regresa pues a Estrasburgo. Pero, lejos de poner en ejecución su deseo de volver a la aldea pomposamente vestido, no encuentra nada mejor que sustituir su primer disfraz por otro, que le saca a un mozo de una posada, al pasar por un pueblo que se halla en el camino. Aparecerá así disfrazado, esta vez en una forma aún más extraña y discordante que la primera. Sin duda pone la cosa en el plano del juego, pero un juego que se vuelve cada vez más significativo, pues ya no se ubica en el nivel del estudiante de teología, sino ligeramente más abajo; es una actitud bufonesca.


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