La asistencia en internados como terapia
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Donald Winnicott
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(Conferencia David Wills, pronunciada ante la Asociación de Profesionales para la Atención de Menores Inadaptados el 23 de octubre de 1970. El doctor Winnicott murió en enero de 1971)
Gran parte del crecimiento es un crecimiento hacia abajo. Si vivo lo suficiente, espero consumirme y empequeñecerme hasta poder pasar por ese agujerito que llamamos morir. No necesito ir muy lejos para encontrar un psicoterapeuta vanidoso: ése soy yo. En la década de 1930, durante mi formación como psicoanalista, tenía la sensación de que con un poco más de preparación, habilidad y suerte podría mover montañas haciendo las interpretaciones correctas en el momento oportuno. Eso sería practicar la terapia, una terapia por la que valdría la pena afrontar las cinco sesiones semanales, su costo y el efecto disruptivo que el tratamiento de un miembro de una familia puede causar en el resto de ella. Al ir adquiriendo mayor perspicacia, descubrí que también yo -como mis colegas- podía trabajar en forma significativa el material de los pacientes a medida que lo presentaban durante las sesiones; podía infundirles mayor esperanza y, por ende, inducirlos a comprometerse más y a acrecentar constantemente su valiosa cooperación inconsciente. En verdad, todo aquello era muy bueno y yo pensaba pasar el resto de mi vida profesional practicando la psicoterapia. En un determinado momento expresé mi opinión de que no había otra terapia que la practicada sobre la base de cinco sesiones semanales de 50 minutos y por el tiempo necesario (que podría abarcar varios años), por un psicoanalista formado en su especialidad. Lo dicho parecerá una tontería, pero ésa no ha sido mi intención; sólo quiero decir que es una especie de comienzo. Tarde o temprano se inicia el proceso de empequeñecimiento; al principio es doloroso, hasta que uno se acostumbra. En mi caso, creo que empecé a empequeñecerme cuando vi por primera vez a David Wills. David no se permitiría enorgullecerse de su trabajo en un viejo asilo de pobres de Bicester. El suyo fue un trabajo notable y estoy orgulloso de él. El lugar tenía dos características principales: baños grandes, construidos para que los viajeros pudieran bañarse con comodidad (originariamente, el conjunto de edificios había sido destinado a hotel estatal en la ruta de Oxford a Pershore), y por el ruibarbo de color champaña que crecía silvestre, el que era más apreciado por el personal del establecimiento (en el que me incluía como psiquiatra visitante) que por los muchachos.