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Donald Winnicott


El impulso a robar (1949)

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Me parece que hay algo que el progenitor corriente debe saber con respecto al robar. Se necesita alguna aclaración que relacione los impulsos primitivos de amor del niño pequeño con los actos compulsivos del niño más grande y del adulto. Desde luego, cualquier explicación breve debe ser necesariamente simple. Por ejemplo, cuando un niño siente compulsión a robar es muy probable que alucine alguna persona dominante, o una voz, que lo dirige, y es necesario dejar de lado esta complejidad para hacer alguna formulación general. Aclarando entonces que gran parte del problema quedará excluida, me parece conveniente plantear la psicología del robar en la siguiente forma. Formulación simplificada del impulso a robar Hay distintos grados en el robar. Cuando un niño toma algo que le proporciona placer, no nos inclinamos a utilizar la palabra ladrón. Si un niño escala un muro y se apodera de una manzana madura, la come y la disfruta, sentimos que se parece a cualquier otro niño, y también al pequeño sentado a la mesa que se apodera de algo que tiene una forma o un color atractivo, le haya sido ofrecido previamente o no. El niño de más edad que penetra en un huerto ajeno y se lleva manzanas verdes, las come apresuradamente y luego tiene dolor de estómago, actúa evidentemente bajo la tensión de la ansiedad. Este constituye el grado más leve. Si luego se enferma, ello puede deberse a la inmadurez de las manzanas, a la culpa, o quizás a ambas cosas. Esto ya se acerca más al robo. Un niño que, de tiempo en tiempo, roba manzanas y las regala sin disfrutar de ellas, actúa movido por una compulsión y está enfermo. A él puede llamárselo ladrón. Nunca sabe por qué lo hace, y si se lo apremia responderá con mentiras. Lo importante es, ¿qué hace ese chico? (por cierto que el ladrón puede ser una niña, pero resulta engorroso hacer una aclaración en cada oportunidad). -El ladrón no busca el objeto del que se apodera. Busca una persona. Busca a su propia madre, pero no lo sabe. Para el ladrón, la fuente de satisfacción no es, una estilográfica robada en una tienda, ni la bicicleta perteneciente al vecino, ni la manzana que crecía en el huerto. Un niño que está enfermo en esta forma es incapaz de disfrutar con la posesión de objetos robados. Sólo actúa una fantasía que corresponde a sus impulsos primitivos de amor, y lo máximo que puede hacer es disfrutar de la actuación y del ejercicio de una habilidad.


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