Un caso atendido en el hogar (1955) - pág.9
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Donald Winnicott
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No. No". Es difícil describir la violencia con que me repudiaba. Después de varias visitas la pequeña se permitió a sí misma un rápido recorrido por la sala de juegos antes de marcharse. De esta forma supo que había juguetes y, al cabo de muchas semanas, incluso se permitió tocar uno de ellos. Una vez, si bien rehusó el carrete de papel que yo le ofrecía, al llegar a la calle alzó la vista hacia mi ventana y, al lanzarle yo un carrete, lo recogió y se lo llevó a casa. Las visitas a mi consultorio las aceptaba la niña como una excursión fuera de casa, la única que le era posible tolerar. Paulatinamente, en el transcurso de numerosas entrevistas breves, fue acercándose a los principios de una aceptación de mi persona. Hubo un largo intervalo durante el cual, debido a las vacaciones, no vi ninguna vez a la pequeña. Transcurrido el mismo, comprobé que la niña había mejorado tanto que no proseguí las entrevistas; aconsejé a los padres y a la escuela, así como a los asistentes sociales, que dejasen que el restablecimiento siguiera su curso lenta y naturalmente. Una vez se registró un episodio importante. La niña tenía que pasar unos días en casa de su tía, la casada. Ésta no pudo tenerla en su casa y durante unas pocas semanas se produjo un regreso a la enfermedad en forma de síntomas. Todos los síntomas eran reconocibles, pero al cabo de breves semanas volvió a producirse una mejoría espontánea. Antes de que pasaran quince meses desde la irrupción de la enfermedad, la niña volvía a asistir a la escuela.
Los maestros dijeron que era evidente que se había retrasado un poco, pero pudieron aceptarla y tratarla casi igual que antes.
Dos años más tarde
Casi dos años después, cuando tenía ocho años, la pequeña le dijo a su madre: «Quiero ver al doctor Winnicott y llevar conmigo a mi hermanita». Se concertó la visita y, al entrar en mi despacho, resultó evidente que la pequeña sabía qué encontraría allí y se puso a enseñarle los juguetes a su hermana. Anteriormente me hubiese sido imposible decir con toda seguridad que la niña se había fijado en los juguetes. La hermanita se puso a jugar a un juego totalmente distinto, normal, y yo dividí mi atención entre las dos pequeñas. El juego de Kathleen consistía en la construcción de una larguísima calle empleando las numerosas casitas de juguete que por aquel entonces tenía en mi consultorio.