Neurosis obsesiva 3 - pág.7
Biblioteca
|
Diccionario Psicoanálisis
Página 7 de 7
Es comprensible la repugnancia del obsesivo por las expresiones de autoridad, aun cuando es partidario del orden. En contrapartida, y a falta de referencia fálica, este imperativo del Otro surgirá de allí en adelante excitando las zonas llamadas «pregenitales» (oral, escópica, anal) como otros tantos lugares propicios a un goce, en este caso perverso y culpable, en tanto puramente egoísta. Los lentes perdidos de Ernst Lanzer nos recuerdan el voyeurismo de su infancia, y la historia de las ratas, su analidad. Pero la homosexualidad que se atribuye al obsesivo es de un tipo especial, porque incluye no sólo el deseo de hacerse perdonar la agresividad contra el padre y de ser amado por él, sino también el retorno en lo real y de un modo traumático del instrumento que se trataba de abolir. Esta abolición, como se ha visto, ha provocado ya el retorno en el Otro (desde donde se articulan los pensamientos del sujeto) de una obscenidad desencadenada y sacrílega en efecto, porque concierne al instrumento que también prescribe el más alto respeto. Pero también justifica la retención del objeto, denominado por Lacan «pequeño a», soporte del plus-de-gozar que el obsesivo consigue irregularmente pero al precio de infinitas precauciones y de una constipación mental. En fin, en cuanto a los actos impulsivos, sin duda vienen a recordar por su impotencia al acto principal (la castración) del que el obsesivo ha preferido sustraerse y que sólo le deja la muerte como acto absoluto, temible y deseable a la vez.