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Narcisismo 2 - pág.2

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Por ello las llama psiconeurosis narcisistas. A partir de la década de 1920 y del advenimiento de su segunda tópica, Freud preferirá distinguir netamente las dos formas de narcisismo antes mencionadas calificándolas de «primaria» y «secundaria»; pero, al hacerlo, termina casi asimilando el narcisismo primario al autoerotismo. Concepciones lacanianas. Las concepciones lacanianas del narcisismo simplifican considerablemente estas cuestiones. Lo mejor es presentarlas a través del proceso de estructuración del sujeto. Para J. Lacan, el infans -el bebé que no habla, que todavía no accede al lenguaje- no tiene una imagen unificada de su cuerpo, no hace bien la distinción entre él y el exterior, no tiene noción del yo ni del objeto. Es decir, no tiene todavía una identidad constituida, no es todavía un sujeto verdadero. Los primeros investimientos pulsionales que ocurren entonces, durante esta especie de tiempo cero, son por lo tanto en sentido propio los del autoerotismo, en tanto esta terminología deja justamente entender que hay ausencia de un verdadero sujeto. El inicio de la estructuración subjetiva hace pasar a este niño del registro de la necesidad al del deseo; el grito, de simple expresión de la insatisfacción, se hace llamada, demanda; las nociones de interior/exterior, luego de yo/otro y de sujeto/objeto sustituyen a la primera y única discriminación, la del placer/displacer. La identidad del sujeto se constituye en función de la mirada de reconocimiento del Otro. En ese momento, como lo describe Lacan en lo que llama el «estadio del espejo», el sujeto puede identificarse con una imagen global y aproximadamente unificada de sí mismo («El estadio del espejo como formador de la función del yo «je», 1949; Escritos, 1966. (Véanse espejo (estadio del) [y yo].) De allí procede el narcisismo primario, es decir, el investimiento pulsional, deseante, amoroso, que el sujeto realiza sobre sí mismo o, más exactamente, sobre esa imagen de sí mismo con la que se identifica. El problema luego es que, sobre la base de esta identificación primordial, vienen a sucederse las identificaciones imaginarias, constitutivas del «yo» [moi].Pero, fundamentalmente, este yo, o esta imagen que es el yo, es «exterior» al sujeto y no puede entonces pretender representarlo completamente en sí mismo. «Yo es un otro» [Moi est un autre], resume Lacan, parafraseando a Rimbaud [Je est un autre]. El narcisismo (secundario) sería en cierto modo el resultado de esta operación, en la que el sujeto inviste un objeto exterior a él (un objeto que no puede confundirse con la identidad subjetiva), pero a pesar de todo un objeto que se supone es él mismo, ya que es su propio yo, un objeto que es la imagen por «la que se toma», con todo lo que este proceso incluye de engaño, de ceguera y de alienación (Seminario 1, 1953-54, «Los escritos técnicos de Freud»; 1975).


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