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Hipocondría - pág.6

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.. Pero los «grandes mecánicos», a pesar de sus aparatos sofisticados, no llegan al conocimiento de su intimidad. «¡Aún no tienen los análisis necesarios para encontrar lo que tengo!» Ésta es una frase típica del hipocondríaco, frase ambigua porque él sabe bien que ningún instrumento, ningún examen, llegarán a penetrar su misterio. Esta actitud está subtendida por un fantasma fundamental, por lo menos en los hombres: un fantasma de embarazo. El hipocondríaco varón da vida a sus órganos, se convierte en su madre amante, y vive su cuerpo como receptáculo. Ese «fantasma de embarazo» implica elementos paranoides, pero se basa en una dimensión obsesiva, anal-retentiva. De ahí las enfermedades digestivas: «flatulencia», «meteorismo». La constipación hipocondríaca es una forma simulada de embarazo; el sadismo oscila entonces entre sadismo oral y sadismo anal; de ahí una caracterología muy particular... Schilder, a propósito del «modelo postural del cuerpo», habla de una fijación en el estadio narcisista originario. La enfermedad somática, dice, pertenece al mundo exterior, pero la hipocondría no es una enfermedad «somática»: algo en el cuerpo cobra una existencia inoportuna, hay que deshacerse de ello, expulsándolo: proceso de «proyección narcisista». Ese trasfondo fantasmático, que se acompaña de mecanismos de defensa, da un estilo de existencia original. Por una parte, el hipocondríaco se entrega a una auto-observación compulsiva -es preciso que vigile sus órganos- y, al mismo tiempo, siempre existe en él una dimensión proyectiva, que apunta a liberarlo del órgano inoportuno. Inoportuno, no obstante, hasta cierto punto, pues es portador de goce. Hipocondría y goce La erotización del cuerpo propio en la hipocondría no es del mismo registro que en la histeria. Lacan propone reemplazar la palabra «mundo» por dos términos: das Ding (la Cosa) y los «bordes». «El mundo: hay la Cosa y los bordes». Si se retorna esta formulación, se tiene que situar la histérica del lado de los bordes, mientras que el hipocondríaco debe ubicarse del lado de das Ding, la Cosa. No es posible quitarse de encima la Cosa, mientras que es fácil gozar de los bordes. Pero, ¿de qué se queja el hipocondríaco? ¿De un «en más» o de un «en menos»? Él es la afirmación viva de que no hay castración. Allí donde el otro dice «Pero yo no veo nada», él insiste: «¡Pero sí, hay algo! ¡Mire desde más cerca!». Esto subraya más aún la importancia de la dimensión anal: algo que al observador le parecía insignificante, un desecho cualquiera, adquiere para él un «valor» extraordinario, que en consecuencia no es «visible».


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