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Diccionario Psicoanálisis
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» El Penisneid, articulación esencial de la entrada de la mujer en el Edipo, «tiene varios sentidos según que se lo encare desde el ángulo de la privación, de la frustración o de la castración». Se recordará el rigor estructural de lo que Freud designa como correspondiente en la niña a la castración en el varón: «una relación con un fantasma en tanto que ella adquiere valor significante». La niña es llevada a una posición normativa por la experiencia de la decepción: prevalece aquí la dimensión del deseo y de la demanda, y el falo entra en función como «significante de la falta o de la distancia entre la demanda del sujeto y su deseo». El término del Edipo, en los dos sexos, resulta de una identificación muy particular, que es la del ideal del yo, identificación que se puede decir «orientada hacia lo que en el deseo desempeña un papel tipificante en la asunción de su sexo por el sujeto»: hay que captarla como puesta en relación del sujeto, no con la persona del padre, sino con «ciertos elementos significantes de los que él es el soporte y que se pueden denominar las insignias del padre». Esta identificación incluye la relación con la privación, puesto que el deseo se dirige al pene del padre en tanto que puede ser demandado, simbolizado: el sujeto, confrontado al objeto del que está privado, lo constituye como significante, es decir, como su propia metáfora. Al mismo tiempo, «la castración no es real: está ligada a un deseo y concierne a un órgano». El deseo sigue su camino en cuanto «el falo debe estar marcado por haber atravesado la amenaza de castración»: es «en la relación del deseo con la marca» donde corresponde finalmente buscar lo esencial de la castración (ritos de circuncisión o de pubertad, por ejemplo). El descubrimiento freudiano puso el acento en el deseo, pero en el deseo «tal como aparece en el síntoma o en el sueño, problemático, ligado a una apariencia, a una máscara». El síntoma va hacia el reconocimiento del deseo bajo la forma de una máscara, de algo ilegible. Supone la dimensión del «reconocimiento del deseo, pero reconocimiento por nadie»; es entonces «deseo de reconocimiento, pero reprimido, excluido y, finalmente, deseo de nada». La intervención del analista es por lo tanto «siempre más que una simple lectura». Se pierde la dimensión del deseo al designar el objeto al analizante.