Epilepsias (De la sedición de lo inédito a la crisis del psicoanalista) - pág.2
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Diccionario Psicoanálisis
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Si esas «4 P» tornan más activa, hablante, y no sin eficacia, la clínica de numerosos psicoanalistas desde la década de 1970, yo veo en ello el efecto del retorno finalmente aceptado del «relato del horror» en el que la Massen - Psychologie (psicología de las masas) se realiza como Massen -Tod (muerte en masa) entre Auschwitz e Hiroshima: ¡la seducción absoluta! Ese relato secular ha alcanzado finalmente al proceso regular de las curas. No debe sorprender que hayan sido dos artistas quienes proféticamente abrieron el camino: Alain Resnais, en 1958, con el filme Noche y Niebla (en el que, observémoslo -pudor de esa época que para nosotros se ha vuelto impensable-, no se pronuncia la palabra «judío»), y más tarde, en 1959, Alain Resnais y Marguerite Duras, con el libro y la película Hiroshima mon Amour. Tampoco sorprenderá que esto pasara por el «camino de las damas». Algo que nos interesa de cerca hace que los humanos -hablantes- sexuados-mujeres estén menos tomados que sus varones en los juegos de pasiones colectivizadas, y que por lo tanto se inclinen menos a renegar la realidad del relato y de sus faltas, tanto como la de sus efectos. Parecería que a una mujer le resulta menos fácil desafectar la aventura del amor, y por lo tanto continuar negando el trauma de la alteridad. En efecto, excluida del campo psíquico al mismo tiempo que la histeria lo constituía, la epilepsia nunca tuvo estatuto en la metapsicología freudiana. Respecto de ella subsiste una desconfianza, una ignorancia y un demasiado frecuente recurso al organicismo, que vuelve a introducirse por esta ventana mal balizada. El propio Freud no elaboró sobre la epilepsia más que su «Dostoievski y el parricidio». Fue su «hijo» espiritual, S. F., «hijo» amado y celado en dolores recíprocos, quien la retomó con seriedad y le hizo un lugar en sus conceptualizaciones. (Aunque se llamaba Alexander Fraenkel, era S. F. en virtud del «parricidio» cometido por su padre, Bernath Fránkel, llegado de Polonia a Budapest. Más bien un lingüicidio mediante el cual borró las huellas germánicas del ídish, así como Freud (o Freyd) había borrado las del moravo. Lejos de toda erudición, es congruente con el propósito de este ensayo que demos siempre una clara referencia y pongamos en perspectiva los nombres de los autores de las nociones utilizadas. Principio de ejercicio genealógico... Hablamos de S.F., entonces, en quien el lector seguramente habrá reconocido a Sandor Ferenczi.